La hiper-juventud

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Hiperconsumistas, hiperconectados, hiperrelacionados… Es la visión que hoy se tiene de los jóvenes, un grupo social del que constantemente se critica su superficialidad, su excesivo consumismo, su abuso de las tecnologías digitales y su exceso de amigos “online”.

Pues bien, los datos demuestran que en este contexto -que se entiende como eminentemente materialista- familia y amistad son para esos mismos jóvenes los dos pilares más importantes de sus vidas.

“Partimos del error de que cualquier tiempo pasado fue mejor”, explica el psiquiatra y director técnico de la Federación de Ayuda contra la Drogadicción, Eusebio Megías, coautor de un macroestudio sobre la juventud española, elaborado por numerosos expertos y con la colaboración de la Fundación SM.

Un tiempo pasado, dice, del que lo jóvenes no formaron parte, que no conocen. Ellos son protagonistas del suyo y éste no tiene por qué ser peor.

Pone como ejemplo las tecnologías. “Para la juventud que ha nacido en un mundo ya hiperconectado, al que resulta casi imposible renunciar, esta visión (un mundo sin conexión) es completamente disfuncional”.

El peligro de esta interpretación adulta, remarca Megías, es que se proyecta en las generaciones más jóvenes la imagen de que son la “peor versión” de la juventud de la historia.

De hecho, apunta el experto, los jóvenes son un grupo demográfico mucho más comprometido con asuntos como la igualdad, el medio ambiente o la lucha contra la violencia machista.

No obstante, Megías reconoce que persisten la discriminaciones sobre las “supuestas” características, capacidades y afinidades de hombres y mujeres, “que son la base de la desigualdad” y las situaciones de violencia entre adolescentes y jóvenes, tanto entre grupos como entre parejas.

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No se puede hablar, prosigue el estudio, de juventud en general ni acercarse a sus valores, principios y prioridades sin ser conscientes y consecuentes con el contexto social e histórico en el que viven.

Los jóvenes son fruto de su tiempo -no del pasado- y en él se desenvuelven, crecen, maduran y se relacionan, pero siempre desde los condicionantes que propicia su edad.

Lamenta el especialista que se espere de este grupo que se comporten según un imaginario sobre lo que debería “ser joven”.

Un imaginario plagado de contradicciones: pretender que sean personas más maduras, pero no dejar de sobreprotegerlas; quejarse por su falta de implicación y participación social, pero negarles los espacios para que actúen; señalar su falta de responsabilidad, pero limitar sus competencias al ámbito de los estudios…

En el trabajo “Protagonistas y espectadores”, que consta de dos volúmenes, se les ha dado voz a ellos, a los jóvenes, por medio de sus conversaciones, de su manera de ser y ver el mundo.

Y se han plasmado “unas ideas que nos sitúan en mejor disposición para entenderlos, siempre teniendo en cuenta que su realidad es diversa” y que hay muchas circunstancias particulares.

El consumismo aúna muchas de las características que tradicionalmente se atribuyen a los jóvenes: egoísmo, ambición, éxito, poder, competitividad…

Pero el estudio revela que, más allá de las connotaciones negativas de la propia palabra, los jóvenes han superado esta calificación y asumen que son “hiperconsumistas” porque han nacido en una sociedad capitalista, aunque han dado un paso más.

Para ellos, el hiperconsumismo trasciende la mera adquisición de bienes y servicios y afecta a casi todas las facetas de su vida y su personalidad: consumen identidad, posicionamiento social, adscripciones, experiencias, integración grupal…

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Los jóvenes son fruto de su tiempo y en buena medida del contexto social e histórico en el que viven, un contexto -no hay que olvidar- moldeado por el mundo adulto, y en el que ahora tienen la capacidad de influir.

Son generaciones marcadas por la desregulación laboral, la influencia “digital” en las relaciones, los cambios en el modelo de ocio y en los valores éticos y morales.

Y hay que evitar hablar de ellos como un todo. No existe una “juventud” como tal, sino grupos de jóvenes con circunstancias, actitudes, posturas y comportamientos absolutamente diversos.

– Precariedad: consecuencia del desempleo y la desregulación del mercado laboral

– Incertidumbre: les hace imposible proyectar la vida a largo plazo

– Inseguridad: laboral, económica y emancipatoria. Situación que ha llevado a una gran mayoría a renunciar a tener hijos e idear nuevos modelos de convivencia.

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– Desigualdad social: la crisis generó una gran brecha social, que dio lugar a que muchos jóvenes estén en riesgo de exclusión y pobreza.

– Más formados y emigrantes: ante la precariedad e inseguridad han optado por formarse y emigrar en busca de empleo. Es la primera generación, desde hace varias décadas, que cree que sus hijos vivirán peor que ellos.

– Desafección: “No nos representan” es la frase que resume su filosofía política para referirse a las clases dirigentes. Desafección hacia los políticos y las instituciones ante la falta de perspectivas de futuro.

Pese a la desconfianza en los partidos y sus líderes, el interés por la política de los jóvenes españoles ha ido en aumento y su posicionamiento se ha movido hacia los extremos, con preferencia hacia la izquierda.

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El contexto de crisis ha sido caldo de cultivo para una mayor movilización social que, con las herramientas digitales, ha dado lugar al ciberactivismo.

La época que les ha tocado vivir -crisis, precariedad, inseguridad- ha generado un importante cambio en sus valores.

Así, en detrimento de valores conformistas y hedonistas de tiempos pasados, ahora, por un lado, reivindican valores tradicionales como el esfuerzo, la prudencia, la moralidad y religiosidad y, por otro, demandan seguridad en unos tiempos inciertos: orden, control, defensa de lo propio y rechazo de lo diferente.

El estudio no solo refleja lo que la sociedad espera de la juventud, sino también lo que los jóvenes piden.

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Y piden que la sociedad entienda que para ellos el “yo ‘online’” y el “yo ‘offline’” son complementarios; libertad para aprender de manera autónoma y para experimentar; y que la sociedad entienda que, para ellos, el concepto “intimidad” se amplía, se comparte, se modula y se hace grupal.

En definitiva, no quieren seguir el manual que les viene dado y reivindican su derecho a equivocarse.

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