Misofonía: cuando los ruidos humanos despiertan tu ira

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se emiten al masticar, al sorber e incluso al respirar pueden provocar auténtica ira y ansiedad.

Para un porcentaje bastante significativo de la población, el sonido de alguien que come patatas fritas o que jadea sonoramente en el metro es, literalmente, una tortura. A quienes padecen misofonía —también conocida como trastorno selectivo de sensibilidad al sonido—, determinados ruidos les provocan ira y pánico. 

La misofonía no se incluye en el Manual de Diagnóstico y Estadística de Trastornos Mentales de la Asociación Norteamericana de Psiquiatría, de modo que no existe una definición oficial de esta enfermedad. Según Judith Krauthamer, autora de Sound-Rage: A Primer of the Neurobiology and Psychology of a Little Known Anger Disorder (“Misofonía: manual neurobiológico y psicológico de un trastorno de ira muy poco conocido”), se trata de “un trastorno neurobiológico evolutivo caracterizado por una reacción de ira emocional y una reacción fisiológica de lucha y escape a desencadenantes principalmente auditivos”. Tom Dozier, director del Instituto para el tratamiento de la misofonía, lo define como un “problema de reflejo físico condicional pavloviano” controlado por el sistema nervioso autónomo. Paul Dion, que dirige misophonia.com, lo explica de manera más sucinta: “La misofonía es un infierno”, nos dijo.

 

Existe un consenso generalizado en torno a que la misofonía implica una reacción física de desagrado —vello erizado, puños o dientes apretados, sensaciones de ira y pánico— que se desencadena por un sonido o una imagen externos. Según un estudio llevado a cabo en 2013, los desencadenantes más comunes son los sonidos que se emiten al comer, como sorber y masticar, y los sonidos que se emiten al respirar o con la boca, como sonarse o jadear, aunque hay otros sonidos, como el maléfico ruido que hacen las uñas sobre una pizarra o algunas señales físicas, como el movimiento constante de una pierna, que pueden provocar el mismo efecto adverso en algunas personas. La mayoría de las investigaciones han desvelado que entre un 15 % y un 20 % de la población sufre esta enfermedad, aunque es más común que la experimenten mujeres que hombres.

La misofonía es como una tortura física para estos individuos

Nadie está seguro del todo sobre qué provoca la misofonía, aunque los investigadores creen que tiene que ver con un fallo neurológico en el sistema límbico, que controla las emociones básicas (miedo, placer e ira) y también los impulsos (hambre, sexo y dominación). Algunas hipótesis apuntan a que es similar a la sinestesia, una enfermedad perceptiva según la cual una sensación sensorial desencadena otra involuntariamente; en otras palabras, determinados sonidos activan involuntariamente el sistema límbico, que crea una sensación involuntaria de ira o miedo. 

 

Dado que la misofonía es un fenómeno descubierto muy recientemente y como el tormento del sonido infernal de una boca masticando podría parecer algo menor para alguien que no comprenda el aspecto neurobiológico de este trastorno, se producen numerosas percepciones erróneas sobre ella en la cultura popular. Por ejemplo, en el Today Show Kathie Lee y Hoda denostaronrecientemente este fenómeno tachándolo de “falso-fonía”, cabreando de ese modo a la comunidad misofónica y provocando que surgiera una petición en Change.org exigiendo una disculpa. En general, según me explicó Krauthamer, la gente suele confundir la misofonía con sentirse simplemente irritado con los sonidos desagradables, pero eso es incorrecto. Si alguien masticara chiche en un aula, por ejemplo, cualquiera podría sentirse molesto por el ruido; sin embargo, alguien con misofonía tendría mucha dificultad para concentrarse en las palabras del profesor debido a sentimientos de pánico o ira.

Si alguien con misofonía escucha ruidos de masticación, su nivel de ansiedad se eleva

“La misofonía perturba la vida diaria”, afirmó. “Alguien con misofonía, si una persona mastica, sufre una respuesta fisiológica de lucha y escape. Escucha el sonido y sus pensamientos son algo así como, ‘Realmente odio a esa persona, esa persona es repugnante’. El nivel de ansiedad se dispara y surge la ira”.

Dozier está de acuerdo con que la misofonía con frecuencia se percibe erróneamente y señala que muchas de las personas con las que ha trabajado han notado un “alivio extremo” al saber que su trastorno tenía un nombre. “Se dan cuenta de que no están locos, que no son simplemente unos tiquismiquis”, explicó. “La misofonía es como una tortura física para esos individuos, que durante años han recibido un diagnóstico erróneo y se les ha dicho que todo estaba en su cabeza”.

 

Por razones obvias, sentir ira pura en presencia de sonidos ambientales aparentemente inocuos interfiere en la vida social de estas personas. Krauthamer me explicó que ella siente ansiedad cuando va al ballet, cosa que le encanta, porque el silencio requerido es especialmente vulnerable a las interrupciones por parte de alguien que se suena la nariz entre el público. Para muchas personas que sufren misofonía, cualquier tipo de plan que implique comer o beber es una fuente potencial de ansiedad. “Estar en compañía de otras personas siempre es arriesgado”, afirmó Dion. “La gente no puede evitar hacer sonidos que a mí me van a molestar, simplemente es así”.

Las cosas quizá se ponen peor dentro de los confines de las relaciones íntimas. Si quieres a alguien y deseas pasar cantidades significativas de tiempo con esa persona pero encuentras repulsivos los sonidos que hace cuando come o respira —funciones por cierto vitales para mantenerse con vida—, ¿qué puedes hacer? En los foros y grupos de apoyo de gente con misofonía suele ser común que los usuarios se rasguen las vestiduras y compartan su frustración en torno a diversos ruidos que su ser amado hace de forma involuntaria. Muchos de ellos incluso expresan sentimientos de culpa por ponerse así pero, según los expertos en el campo, no pueden controlarlo.

“Estoy cansada de quejarme de esto ante mi novio. Él me apoya mucho y se esfuerza al máximo para facilitarme la vida, pero sin duda él lo pasa fatal cuando yo me pongo de morros”, escribió una mujer en un grupo privado de Facebook de apoyo a la misofonía. “Y sé que la cosa va a peor. Si tan siquiera veo a alguien mascando chicle en mi campo de visión, se me enciende la sangre y me estreso muchísimo… Tengo que reunir fuerzas para no romper a llorar inmediatamente y resulta agotador”. (Otros, por supuesto, simplemente están cabreados y quieren desahogarse: “Mi padre lo mastica todo. Antes le he pillado masticando un puré. He tenido que salir de la habitación”, escribió otro usuario, que encontró apoyo de inmediato. Al cabo de una hora, alguien le había respondido, “No sabes cuánto lo odio yo también. ¿Por qué mastican algo que ya viene masticado? Te lo juro…”).

 

Mi padre lo mastica todo. Antes le he pillado masticando un puré. He tenido que salir de la habitación

Krauthamer está actualmente escribiendo un libro sobre misofonía e intimidad, para el que ya cuenta con casi 100 horas de entrevistas. “Tener ese problema adicional, según el cual masticar, respirar ruidosamente, sonarse, comerse las uñas, sorber y tragar pueden llevarte a un estado de absoluta ira no hace sino añadir una capa más a los problemas de pareja”, afirmó. La gente con misofonía suelen estar híper-alerta en lo relativo a los estímulos auditivos, manteniéndose involuntariamente a la espera constante de sonidos que aborrecen. “No poder dormir con una persona porque sus ronquidos te irritan es un gran problema. Una vez que los ronquidos activan el resorte de la persona, ya no importa el volumen al que se ronque”, explicó Dozier. “Aunque te coloques tapones para reducir el volumen hasta un punto que dejaría de ser molesto para una persona normal, tú sigues sintiendo esa ira. Es muy difícil para las relaciones”.

En los grupos de apoyo a la misofonía existe muchísima documentación que respalda esta afirmación. Un post en el foro misophonia.com se titula, bastante gráficamente, “¡¡¡Hasta oía pestañear a mi ex!!!”. En otro post, un hombre de Alemania escribe largo y tendido sobre sus problemas con su novia: “Cuando mi novia respira, traga o mastica me pongo furioso”. Y el pasado marzo una mujer escribió que no podía dormir en la cama con su marido porque odiaba el sonido de su respiración. “No puedo justificar empujarle solo porque está respirando, así que me quedo tumbada en la cama, completamente despierta, sintiéndome cada vez más frustrada y rabiosa. “Con mucha frecuencia hasta rompo a llorar”.

 

Con mucha frecuencia hasta rompo a llorar por la respiración de mi marido

Para alguien con misofonía que convive con un obstinado e implacable masticador de purés o con un roncador empedernido, las cosas pueden no ir bien. Sin embargo, los investigadores proponen varios métodos para tratar la misofonía, desde aplicaciones móviles a terapia de exposición, pasando por técnicas de sanación psicosomática. Mientras tanto, parece que la solución más paliativa es encontrar una pareja que sea comprensiva y paciente. “Mi marido ya se da cuenta cuando tengo riesgo de sufrir un ataque de misofonía”, indicó Krauthamer. “Si está comiendo cereales y entro en la cocina para hacerme un café, juro que mantiene la cuchara quieta, a dos centímetros de la boca, y la deja ahí hasta que salgo de la habitación. Se lo agradezco muchísimo”.

Al crecer, la hija de Dozier también empezó a sufrir de misofonía. “Daba órdenes y decidía quién se sentaba dónde en la mesa para intentar alejarse lo máximo posible de mí”, recordó. “Por aquel entonces yo tenía un chasquido en la mandíbula y ella se quejaba de eso: ‘Puaj, ¡te suena la mandíbula! ¡Puaj!’. Y yo le decía algo así como ‘No puedo evitarlo, ¿sabes? No puedo evitarlo, Melissa'”. Cuando le pregunté si aquello hería sus sentimientos, respondió entre risas: “No, pensaba que las cosas eran así y punto

 

Katherine* y su hermanastro Scott llevan tres años saliendo. “Sinceramente, todo este tiempo ha sido como una luna de miel”, dice ella suavemente, mientras conversa conmigo desde su casa en el noroeste de EE. UU.

Katherine y Scott se conocieron igual que muchas otras parejas: por internet. Katherine, que en aquel momento tenía 32 años, había creado una cuenta en Facebook utilizando el apellido de su padre biológico fallecido, a quien nunca conoció. Fue entregada en adopción a una edad muy temprana y desde que cumplió los 18 se dedicó a buscar la pista de sus parientes biológicos. Aunque había conseguido contactar con algunos de sus hermanastros a lo largo de los años, ninguna de sus relaciones llegó a ser profunda o duradera. Incluso cuando Katherine localizaba a algún miembro de su familia, nunca llegaba a sentir la conexión genuina que tanto había luchado por encontrar.

 

Pero con Scott fue diferente. Después de que él reconociera el apellido y le pidiera amistad en Facebook, los dos empezaron a intercambiar mensajes y Katherine empezó de inmediato a percibir ciertas similitudes entre ambos. “Los mismos intereses, procesos mentales similares…”, recuerda. “Nos gustaban las mismas cosas: color favorito, comida favorita… Bueno, cosas generales”.

Después de tres días de correspondencia —y tras haber intercambiado sus certificados de nacimiento demostrando de ese modo la relación consanguínea que existía entre ellos— decidieron intercambiar también fotos. Según Katherine, Scott se parecía muchísimo a ella, lo que le hizo sentirse todavía más intrigada.

Al cabo de dos semanas, la conversación empezó a centrarse en temas más íntimos y Katherine y Scott descubrieron su interés mutuo por el BDSM. Katherine envió a Scott un enlace a su perfil en un sitio web de fetish, asegurándose de subir antes algunas fotos en las que ella aparecía en pose seductora: “Yo no las llamaría pornográficas, pero bueno, sí eran bastante sexis”, afirma. Después de aquel intercambio, Scott admitió que había estado “teniendo pensamientos” y ambos finalmente confesaron al otro sus sentimientos.

Aunque ella estaba feliz de que Scott se sintiera igual que ella, Katherine se mostró algo aprensiva por razones obvias. “Empezamos a preguntarnos, ¿Somos normales? ¿Esto es algo que le pasa a mucha gente adoptada o es que a nosotros nos pasa algo raro?“, recuerda Katherine. “Te haces esas preguntas porque, para empezar, es una situación bastante especial”.

Tras una rápida búsqueda en Google, Katherine supo que había un nombre para lo que les pasaba a Scott y a ella: atracción sexual genética.

El término “atracción sexual genética” (ASG) fue popularizado a finales de la década de 1980 por Barbara Gonyo, una mujer norteamericana que afirmaba haberse enamorado de su hijo biológico, Mitch, después de reunirse con él 26 años después de haberlo dado en adopción.

En sus memorias I’m His Mother, But He’s Not My Son (“Yo soy su madre pero él no es mi hijo”), Gonyo escribe que ella tenía 42 años, estaba casada y tenía tres hijos más y un nieto de seis meses de edad cuando conoció a Mitch. Aunque Mitch no sentía lo mismo que ella, Gonyo se sintió profundamente afectada por su atracción hacia él. Ella pasó a ser la cara pública de la ASG, publicando muchos otros libros acerca de sus experiencias y pasando a involucrarse muy profundamente en un grupo de apoyo denominado “Buscadores de la verdad en adopción”.

Desde entonces, el término “atracción sexual genética” se ha ido abriendo camino hasta llegar al Diccionario Oxford de Psicología, donde se define como “sentimientos eróticos entre parientes cercanos, a menudo entre hermanos o entre padres e hijos, que se separaron a una edad muy temprana y se reunieron en la adolescencia o en la edad adulta”.

“La ASG se produce cuando parientes consanguíneos se vuelven a reencontrar y, a diferencia de cuando se conoce a un absoluto desconocido, existe una historia inmediata, una sensación de seguridad y de intimidad debidas a la consanguineidad y al parentesco”, explica la Dra. Marlene Wasserman, sexóloga clínica internacional y autora de varios libros sobre la sexualidad femenina. “Es algo enormemente reconfortante y atractivo”.

Jamie y Cersei Lannister, una pareja incestuosa en Juego de Tronos, de la HBO. Captura de pantalla vía HBO.

El incesto resulta atractivo y fascinante a partes iguales y quedan muy pocos tabús que evoquen el escándalo (y la intriga) que evoca este tema. En Tótem y tabú, Sigmund Freud escribió: “Ignoramos cuál es el origen del horror del incesto y ni siquiera sabemos bajo qué luz contemplarlo”.

Como mito mediático, puede afirmarse que el incesto está actualmente ganando una mayor visibilidad a nivel mainstream. En 2014, tras el increíble éxito del estreno de Juego de Tronos, que incluye a un hermano y una hermana involucrados en una relación incestuosa consentida, varios medios bautizaron el incesto como una tendencia.

 

“Parece que el incesto ahora mismo está de moda”, afirma un artículo del Huffington Post titulado “23 parejas incestuosas de la cultura popular con una vergonzante química”. Los datos aportados hablan por sí solos: según un informe elaborado por el importante proveedor de contenidos para adultos GameLink.com que se publicó a principios de año, hubo un incremento del 178 % en el consumo de “porno entre personas que fingen ser familia entre sí” entre octubre de 2014 y enero de 2015.

Por supuesto, la obsesión de los medios es diametralmente opuesta a la aceptación social, por lo que Katherine y Scott no se empezaron a sentir cómodos con su situación hasta que no se enteraron de que había otras personas que estaban pasando por lo mismo que ellos. Después de leer mucho acerca de la ASG decidieron que su relación no era normal, pero que tampoco estaban haciendo nada malo.

Al cabo de dos años, Katherine se mudó atravesando el país para vivir con su hermanastro. La primera vez que se vieron en persona fue en el aeropuerto. En el trayecto en coche hasta casa, aparcaron a un lado de la carretera y se dieron su primer beso.

Katherine ve a Scott como a un hermano pero también como a una pareja, algo que ella denomina “el doble vínculo del amor”.

“En algunos casos, estar realmente emparentados hace que estemos un poco más unidos”, afirma, “porque le quieres como miembro de tu familia pero también le quieres como pareja, como alma gemela, como el amor de tu vida con el que todo el mundo sueña”.

 

Los amigos y familiares de Katherine y Scott creen que viven juntos solo como hermanos. Se esfuerzan mucho por mantener la pantomima, así que nunca se tocan fuera de casa. Y no es solo por el tabú social: según Katherine, Scott y ella podrían enfrentarse a hasta 15 años de prisión si les descubrieran y les denunciaran.

Sus miedos están muy fundados. En gran parte de Norteamérica, acostarse con un hermano puede suponer una condena de prisión. Sin embargo, existe una creciente comunidad de personas como Katherine y Scott —muchas de las cuales fueron adoptadas a muy temprana edad y se reunieron en una etapa posterior de sus vidas— que afirma que el denominado “incesto consentido” es un delito sin víctimas que debería tratarse como tal. En blogs y foros mayoritariamente anónimos, algunas de las personas que han experimentado ASG defienden la abolición de las leyes anti-incesto, argumentando que las relaciones sexuales entre familiares no difieren en lo esencial de cualquier otro tipo de relación sexual, siempre y cuando se produzcan entre adultos que las consientan.

Incluso algunas personas fuera de la comunidad online han indicado que el incesto no debería estar prohibido a nivel estatal. Thomas Søbirk Petersen, por ejemplo, es un profesor danés de ética en la justicia criminal que ha defendido públicamente la legalización del incesto. “Si aceptamos que el sexo consentido entre adultos racionales es moralmente aceptable, deberíamos aceptar también el sexo consentido entre adultos racionales que casualmente son hermanos”, explicó Petersen a Broadly a través de un email.

Otros expertos no están de acuerdo. “Como terapeuta, me opongo a la despenalización del incesto”, dice la Dra. Wasserman. “Todas las familias poseen jerarquías de poder e influencia y, cuando estas se distorsionan mediante la sexualidad y la intimidad, se producen daños irreparables, sobre todo hacia quienes ostentan los rangos de poder más inferiores”.

El riesgo incrementado de tener descendencia con desórdenes genéticos es otra preocupación legítima acerca de las parejas incestuosas. Según la publicación Psychology Today, existe una posibilidad “increíblemente elevada” de que la descendencia nacida de familiares cercanos padezca graves defectos congénitos. Sin embargo, quienes defienden la despenalización del incesto entre hermanos mantienen que los riesgos no justifican ninguna legislación anti-incesto.

“Incluso aunque los hermanos presenten un riesgo superior de tener un hijo con una discapacidad o trastorno graves, no deberíamos castigar a la gente que presenta un riesgo mayor de tener hijos discapacitados”, afirma Petersen. “Además”, indica, “he oído que también se pueden mantener relaciones sexuales sin tener hijos”.

Incluso dentro de la comunidad de ASG existen discrepancias en cuanto a si quienes luchan contra sus sentimientos de atracción sexual genética deberían llevar a la práctica sus deseos. Entre los diversos foros sobre ASG, existe un foro privado con casi 300 miembros y 11.000 posts en el que muchos de los que publican más a menudo instan constantemente a los demás a que eviten “cruzar la línea”, como ellos lo llaman, aunque la mayoría están de acuerdo en que las leyes anti-incesto son discriminatorias.

April, una administradora de los foros sobre ASG y una de las personas que más posts publican con diferencia, conoció a su hermanastro biológico cuando tenía 20 años. Poco después rompieron todo contacto. Sin embargo, dos décadas después April y su hermanastro retomaron el contacto y ella describe la sensación como abrumadora.

“Mi matrimonio, mi trabajo y mi familia se estaban desmoronando. Faltaba al trabajo, dejé de comer, bebía mucho y estaba colgada de mi hermano las 24 horas del día”, afirma. April finalmente decidió, con ayuda de otro administrador del foro sobre ASG, romper todo contacto con su hermanastro de forma drástica. “Tenía que hacerlo, por los dos”, explica. “Nos estábamos hundiendo en la miseria del otro”.

Desde entonces, April no ha dejado de abogar por la importancia de no “cruzar la línea”.

Para todas las personas con las que hablé, implicarse en algún tipo de comunidad online es algo que tiene un valor incalculable. Después de todo, desear tener relaciones sexuales con un hermano recién descubierto es un tema extremadamente difícil de abordar con amigos, familiares o incluso con un terapeuta. “Las personas con ASG, como todas las demás, buscan cobijarse en comunidades”, indica la Dra. Wasserman, señalando que “el aislamiento social que conlleva ocultar un gran secreto es muy dañino”.

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Como April y los demás administradores de los foros sobre la ASG, Katherine pasa mucho tiempo aconsejando y orientando a otras personas, aunque sus consejos son diferentes. “Para mí, lo más satisfactorio es poder tranquilizar a la gente: No estás solo, no te pasa nada anormal, no eres un bicho raro, no hay nada de malo en sentir lo que tú sientes“, afirma. “Todo el mundo tiene derecho a tener sentimientos”.

Su sueño, tal y como me lo describe, es mudarse a uno de los tres estados de EE. UU. en los que el incesto no está específicamente penalizado, a los que ella se refiere como los “estados seguros”: Nueva Jersey, Ohio o Rhode Island.

“Si nos mudamos a un estado seguro, organizaremos una fiesta por todo lo alto y haremos saber a todo el mundo lo que hay entre nosotros, lo bien que estamos juntos y cuánto nos queremos”, explica.

Lo ideal según ella sería casarse con Scott, pero comprende que actualmente eso no es factible. “Cuando podamos hacer saber nuestra situación a los demás, me gustaría hacer algo para que cambien las leyes de modo que podamos casarnos algún día”, afirma. “Ya sabes, las leyes cambian cada año… Solo porque lo diga la ley no significa que esté mal”.

*Todos los nombres han sido cambiados

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