ATENCIÓN FAMILIA ROSARIO Revista Bloomberg se hace eco de su herencia

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La grabación de los tres cortos videos es inestable, un desorden de imágenes borrosas y sin sonido que dan la impresión de haber sido filmadas a escondidas. Se ven tres personas, dos hombres con chaqueta de cuero y una mujer que viste un elegante abrigo rojo. Están en el vestíbulo de la sede de Crédit Suisse Group AG en Zúrich. La persona que está grabando también es un hombre con chaqueta de cuero, su brazo aparece de vez en cuando en la pantalla. Los hombres son de República Dominicana. La mujer, su traductora, es ciudadana suiza de descendencia dominicana. Estamos en otoño 2017.

Dos de los videos muestran a los hombres hojeando unos documentos antes de entregarlos al asesor de Crédit Suisse. El objetivo de estos documentos es demostrar que miles de personas de una familia dominicana, los Rosario, son herederos de una fortuna multimillonaria en dólares que creen está depositada principalmente en las bóvedas de Crédit Suisse y del Banco Santander SA en España. En este proceso, los Rosario están recibiendo la asesoría de su abogado, Johnny Portorreal Reyes. Portorreal es quien está grabando los videos.

En el tercer video vemos cómo acompañan al cuarteto hacia un área separada del vestíbulo. Caminan hacia un baúl antiguo en exhibición. Los dos dominicanos que acompañan a Portorreal posan de cada lado del mismo. “Este baúl es de la era de Jacinto Rosario”, narra Portorreal en español.

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Imagen congelada de un video grabado en el banco Crédit Suisse en Zúrich.FOTOGRAFÍA POR CHRISTOPHER GREGORY
Se dice que Jacinto y su padre, Celedonio, son los ancestros que acumularon el tesoro que ahora buscan sus descendientes. La leyenda familiar dice que eran propietarios de una mina de oro en República Dominicana y que lo enviaban frecuentemente a España desde inicios hasta mediados del siglo 19. Entregaron parte al monarca y depositaron el resto en un banco. Se rumoreaba que la gran mayoría había sido enviada a Suiza por la época de la guerra civil de España.

Luego de la pausa alrededor del baúl, el grupo se dirige hacia un corredor estrecho y llega a un vestíbulo discreto. “Éstas son las oficinas que nos han entregado”, dice Portorreal mientras la cámara hace un barrido del espacio. “Serán para las actividades de los Rosario dentro del banco”, actividades que los convertirán en unas de las personas más ricas del mundo, les dice.

“Todo un lugar hermoso”, comenta.

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Descendientes de Jacinto Rosario en Cotuí.FOTOGRAFÍA POR CHRISTOPHER GREGORY
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Hace seis años recibí una llamada de un hombre de 45 años, de Nueva Jersey, llamado Nelson Peña. Me había logrado rastrear después de haberse obsesionado con un documental sobre atletas en quiebra en el que aparecí como analista. Peña me explicó que era dominicano y que durante generaciones su familia había sabido de una gran herencia que les esperaba en Suiza pero que hasta ahora no habían logrado recuperarla del sistema bancario suizo. Creía que ya casi estaba a su alcance y esperaba que pudiera ayudarle a conseguir un abogado.

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Publicado en Bloomberg Businessweek, el 15 de abril de 2019. Suscríbase ahora.FOTOGRAFÍA POR CHRISTOPHER GREGORY
Peña no es un Rosario; forma parte de una familia dominicana más pequeña, los Guzmán. Sin embargo, su historia es similar. Un ancestro al que denomina su bisabuelo, José Eugenio Guzmán González, era un comerciante y naviero que—según la leyenda de los Guzmán—llevó oro dominicano a España a finales del siglo 18 y presuntamente hizo lo mismo que Jacinto del Rosario haría décadas después: entregó parte del mismo al rey y depositó el resto en un banco.

De todas las llamadas al azar que he recibido a través de los años como periodista, no estoy seguro de por qué decidí prestarle atención a ésta. Peña trabajaba como gerente de relaciones con clientes en una pequeña empresa en el centro de Manhattan, con un salario de US$50.000 al año. Su esposa, Jessie, era técnica quirúrgica. Tenían cuatro hijos. No eran pobres, pero no eran propietarios de una casa, ni tampoco tenían un automóvil último modelo.

Peña tenía una dulzura muy atractiva. Sabía que las probabilidades estaban en su contra si se trataba de liberar una fantástica suma de dinero en Suiza, pero ¡sería maravilloso que lo lograran! Él no tenía duda de que la herencia fuera real. Había escuchado la historia durante toda su vida. De pequeño, Peña recuerda que su madre y familiares hablaban al respecto. Hasta recuerda una vez que unos abogados europeos visitaron a su madre en el apartamento que tenían en Queens, sugiriendo que podría ser heredera. Puesto que no contaba con los medios para viajar a Suiza, nunca hizo seguimiento.

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Chito Guzmán y Peña en Dicayagua Arriba.FOTOGRAFÍA POR CHRISTOPHER GREGORY
Un primo de Peña, José Bienvenido Guzmán, conocido como Chito, estuvo tan obsesionado con la herencia que a inicios de 1990 vendió un restaurante que tenía al norte de Manhattan, se mudó a República Dominicana. y recorrió todo el país en búsqueda de registros que comprobaran las aseveraciones de la familia. Esta obsesión le costó a Chito su matrimonio y la mayoría de su dinero. No obstante, había documentado tan bien su linaje que Peña sintió que habría posibilidades con los suizos.

Puse a Peña en contacto con Michael Hausfeld, un abogado demandante que a finales de 1990 demandó a los bancos suizos por utilizar leyes de secreto bancario para bloquear, de sus descendientes, los activos de las víctimas del Holocausto. En 1999, los bancos sellaron la disputa por US$1.300 millones. Poco tiempo después, los suizos empezaron a cambiar sus leyes para facilitar los procesos cuando alguien quiere reclamar una cuenta inactiva.

Los abogados del bufete de Hausfeld trabajaron en el caso de Peña durante aproximadamente un año, pero infortunadamente, en 2014 le enviaron malas noticias. Tal y como me lo dijo en un correo electrónico:

Hausfeld está informando que el experto no pudo encontrar nada bajo el nombre de nuestro bisabuelo, José Eugenio Guzmán González. Nos dicen que el caso está cerrado oficialmente y que el defensor no aceptará más reclamos a nombre del señor Guzmán. Hemos llegado a una respuesta final, un NO en un mundo lleno de caos. Y, además, qué otra cosa habría podido traer todo este dinero a nuestra familia sino más dolor y problemas.

Y ese parecía ser el final … ¡solo que no lo fue! En enero 2018, Peña me envió un mensaje lleno de emoción en el que decía que la búsqueda del tesoro se había reactivado. Chito, quien desde entonces se había vuelto a casar, y esta vez con una Rosario, le había llamado para contarle que un abogado afirmaba que había encontrado la fortuna de los Guzmán.

El nombre del abogado, decía Chito, era Johnny Portorreal.

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El taxista se sorprendió cuando le mostré la dirección, era un barrio rudo y turbulento de Santo Domingo al que rara vez se aventuraban los turistas. Las calles estrechas estaban llenas de basura y los andenes frente a las bodegas al aire libre atestados de hombres tatuados. Los pocos edificios más grandes que había estaban llenos de polvo, aparentemente abandonados, a excepción de uno. La estructura de tres pisos donde el taxi me dejó vibraba y estaba llena de actividad. Un letrero frente al lugar decía: “Central de Derecho”. Un grupo de personas estaba frente a las escaleras que guiaban hacia el segundo piso. Un par de docenas de personas merodeaban en los alrededores. Cuando llegué al segundo piso, vi que las personas allí estaban llenando unos documentos que luego entregaban a los asesores tras el mostrador.

Luego de unos minutos, alguien me señaló una escalera negra en espiral. Subí y me asusté cuando vi a un guardaespaldas con una semiautomática. Me sonrió y señaló hacia una puerta. Pasé frente a una cocina diminuta donde unas mujeres estaban cocinando un sancocho, una especie de estofado dominicano, y luego entré a una amplia oficina que estaba ligeramente más ordenada que el resto del edificio. Cerca de 20 personas esperaban en sillas y sofás, todas frente a un señor que estaba sentado tras un escritorio grande y hablaba por su teléfono móvil. Con sus manos, me señaló una silla vacía.

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Portorreal hablando en su oficina.FOTOGRAFÍA POR CHRISTOPHER GREGORY
Él era Portorreal. Sencillamente sobresalía: vestía blazer azul, bluejeans ajustados y mocasines. Se veía menor de sus 65 años, casi sin arrugas y con corte de cabello a ras. Su sonrisa era enigmática. Más que todo, tenía presencia; en la sala, los demás seguían su ejemplo y reían de sus chistes. Escuchaban con intensa atención cuando hablaba y demostraban indignación cuando algo despertaba su ira. Le decían “doctor” en referencia a su título en derecho, aunque pocos abogados dominicanos usen el término.

Estábamos a finales de marzo. Peña también estaba en la oficina puesto que había llegado en el mismo vuelo que yo desde Nueva York; era su primer viaje a República Dominicana desde la investigación con Hausfeld. Había renunciado a su trabajo en servicio al cliente y ahora tenía dos trabajos como repartidor y ganaba tal vez la mitad de su antiguo salario. Para ese entonces, ya había nacido su quinto hijo. Cuando abandonó su trabajo y dejó a Jessie sola al cuidado de los niños, estaba arriesgando su empleo y también su matrimonio. Aunque hablaba al respecto como si no hubiera tenido otra opción. Al igual que Chito, se sintió obligado a ayudar a los Guzmán a recuperar esa riqueza que tanto habían buscado. Sus familiares, quienes habían perdido toda esperanza años antes, estaban furiosos con él por haber abandonado a su familia para emprender esta aventura quijotesca. Peña estaba sentido y furioso de no contar con su apoyo, aunque él estuviera tratando de enriquecerlos.

La mayoría de las personas en la sala eran Rosario. Como Portorreal me lo confirmaría después, había sido el abogado de la familia desde 2011. Dijo que había encontrado sus herencias mucho antes de descubrir el dinero de los Guzmán. La impresión que daba era que el proceso de retiro del dinero de los Rosario ya estaba avanzado mientras que apenas iniciaba el esfuerzo para los Guzmán. Era evidente que los Rosario creían que su dinero llegaría pronto.

Cuando Portorreal por fin colgó la llamada, le pregunté cómo había encontrado las herencias. Respondió con una disquisición que tuvo muy poco que ver con el dinero y que duró más de una hora. Como lo descubriría con el tiempo, Portorreal era incapaz de responder sin rodeos a una pregunta directa.

Peña hizo las veces de traductor mientras Portorreal me contaba sobre la colonización de La Española (la isla que acoge actualmente a República Dominicana y Haití) en el siglo 17. Luego explicó cómo, en 1649, dos españoles de la clase alta, José Margarito del Rosario y Victoria Guzmán, se casaron y se mudaron a La Española. Por ende, las fortunas de los Rosario y los Guzmán estaban entrelazadas.

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Una cafetería improvisada afuera de la oficina de Portorreal.FOTOGRAFÍA POR CHRISTOPHER GREGORY
Y siguió hablando y hablando. Finalmente llegó a la historia de los Rosario. Durante siglos, dijo, fueron terratenientes en la ciudad de Cotuí y sus alrededores, unos 105 kilómetros al norte de Santo Domingo. Aunque eran agricultores y ganaderos exitosos, la verdadera fuente de riqueza de la zona era una mina de oro que se dice era propiedad de Jacinto del Rosario en el siglo 19. Sin embargo, todo cambió en 1930 cuando Rafael Trujillo—el infame conocido como “El Jefe”—asumió el poder e inauguró un reino de terror que duró tres décadas.

Cada miembro de la familia Rosario con quien hablé después tenía historias horripilantes sobre el sufrimiento de la familia bajo la dictadura de Trujillo. Hombres armados los sacaron a la fuerza de sus tierras: asesinaban a los opositores; algunos Rosario se escondieron; los documentos que comprobaban la propiedad del terreno fueron destruidos. La familia ya no se atrevía a hablar de la herencia abiertamente. Cuando Trujillo fue asesinado en 1961, los Rosario que vivían en Cotuí y los alrededores eran de las personas más pobres del país. Otros habían huido a EE.UU. o a España.

En los años 1980 y 1990, el gobierno tomó control de la mina, pero la administró tan mal que tuvo que cerrarla. En 2006, Barrick Gold Corp., de Canadá, y un socio minoritario, Goldcorp Inc., adquirieron la mina. Invirtieron US$3.700 millones en la modernización y expansión de la mina, la mayor inversión extranjera en la historia de República Dominicana que otorgó a las compañías una extensión que luego fue reclamada por los Rosario. El país negoció para obtener una participación de 50 por ciento sobre el flujo de caja de la mina y, en 2017, entre impuestos y regalías, llegaron US$181 millones a las arcas del gobierno.

Desde antes que apareciera Barrick, algunos Rosario ya habían comenzado a preguntar por qué nunca habían tenido la oportunidad de reclamar su propiedad. Cuando la compañía empezó a operar la mina, los Rosario aún vivían cerca y tenían una segunda queja: Barrick estaba saqueando la zona y enfermando a la población local (Barrick negó enfáticamente estas aseveraciones).

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Revisión de documentos en la oficina de Portorreal.FOTOGRAFÍA POR CHRISTOPHER GREGORY
De vez en cuando abogados aceptaban representar a la familia, pero nunca nada se derivó de ello. Cuando Portorreal tomó el caso, aseguró a los Rosario que lograría miles de millones de dólares en indemnizaciones de Barrick, tanto por las tierras como por las enfermedades—más que todo lesiones cutáneas- que supuestamente la compañía había causado. En pago, solicitaba 30 por ciento de lo que se obtuviera. Algunos miembros de la familia consideraron que estos honorarios eran exorbitantes, pero perdieron al votar sobre el tema. En febrero 2012, radicó la primera demanda—de entre aproximadamente seis—en contra de la compañía.

Portorreal llevó a las calles la lucha de los Rosario, a través de protestas, sentadas y hasta marchas de cuatro días hasta el Palacio Nacional en Santo Domingo. Les decía a sus clientes que estaba en negociaciones con Barrick, o que iban bien en el proceso legal, o que próximamente se definiría el acuerdo (todas estas afirmaciones fueron desmentidas por el portavoz de Barrick). Portorreal me dijo en nuestra primera conversación que pronto llegaría un pago de Barrick Gold. Sin embargo, después de siete años, ni siquiera un centavo ha pasado de una mano a otra.

Portorreal me dijo que sabía desde hace mucho sobre la herencia de los Rosario. Todos en la familia podían recordar el tema desde su infancia. Hubo algunos Rosario que se enloquecieron con solo soñar con el tesoro. Las madres decían a sus hijos que tal vez no lo parecían, pero que eran ricos. Él también decidió buscar esta herencia.

Ya había supervisado durante tres años el esfuerzo por recobrar documentos genealógicos de hasta cuatro y cinco generaciones atrás, con el fin de probar que era válido el reclamo de los Rosario sobre el terreno cercano a la mina. Miles de miembros de la familia habían buscado archivos eclesiásticos, oficios municipales, en bibliotecas, en todo lugar donde pudieran existir archivos de certificados de fallecimiento, de matrimonio o por el estilo. Estos mismos documentos servían para la búsqueda de una herencia.

De acuerdo con el relato de Portorreal, luego viajó a muchos lugares en búsqueda del dinero, a España y Suiza, a través de Europa y a otros lugares. Para pagar estos gastos, había juntado a un pequeño grupo de inversionistas y prometido entregarles una tajada del 30 por ciento que él ganaría si recuperaba la herencia. Portorreal relató que había encontrado la primera cuenta de los Rosario en las Islas Caimán, con más de US$700 millones, y también había dado con un banquero muy colaborador que le había explicado qué debía buscar en otras instituciones financieras.

Cuando por fin terminó su gran historia, en conclusión había encontrado 12 cuentas, principalmente en Banco Santander en España y en Crédit Suisse en Suiza. La mayoría estaban a nombre de Celedonio del Rosario, el padre de Jacinto (más adelante me confesó que había encontrado más de 12 cuentas). En cuanto a las cuentas de los Guzmán, dijo que las había encontrado por coincidencia mientras buscaba el dinero de los Rosario pues, gracias al matrimonio entre las familias, varias de las cuentas estaban a nombre de ambos apellidos. Había encontrado otra media docena adicional de cuentas únicamente bajo el apellido Guzmán. A través de los años, comentó, varios miembros de la familia habían intentado dar con las cuentas, pero habían sido rechazados pues no contaban con la documentación requerida. Una corte había bloqueado las cuentas, dijo, razón de todo este calvario para poder llegar hasta el dinero.

Cuando finalmente tuve oportunidad de formular otra pregunta a Portorreal, hice la más obvia de todas: “¿Cuánto dinero hay en total?”

Sonrío lanzando sus manos al aire y encogiendo los hombros, como diciendo es más de lo que podemos contar.

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Viajé por primera vez a República Dominicana en ese entonces pensando que no era totalmente imposible que las herencias fueran reales. Pero también sabía que podía ser una estafa. Antes de irme, contacté a un abogado dominicano que era miembro de la familia Guzmán, quien me respondió que según su conocimiento toda la historia no era más que una fábula.

Portorreal no lograba realmente convencer a un periodista escéptico. En mis siguientes visitas al país, se levantaba de su escritorio y me abrazaba como a un viejo amigo. Me permitía escuchar conversaciones y posar en fotografías con algunas personas que lo visitaban. No obstante, no me mostraba las pruebas que comprobaban que la herencia fuera real. ¿Cómo podía encontrar al banquero de las Islas Caimán que le había ayudado? Prometió conseguir el nombre y teléfono, pero nunca lo hizo. Lo mismo sucedió con sus contactos en Santander y Crédit Suisse. Sabía de una señora en España llamada Carmen y otra en Suiza llamada Celeste, que hacían las veces de intermediarias, pero una vez más Portorreal no proporcionó apellidos ni números de teléfono.

Hablé con David Laufer, cofundador de la firma suiza que brinda apoyo a potenciales herederos para encontrar antiguos depósitos bancarios. “Solía escuchar historias como ésta todo el tiempo”, dijo. “Es extremadamente improbable que un banco tenga el seguimiento de cualquier pertenencia previa a 1925, ya es algo muy lejano”.

Cuando pregunté a Portorreal y sus asistentes si la apreciación de Laufer coincidía con su reclamación de que los bancos detenían riquezas sin revelar, insistieron en que—técnicamente—las herencias no estaban inactivas. Según ellos, el dinero estaba en un tipo de cuenta diferente que ningún banco liquidaría—las llamaron cuentas especiales de depósito. Parecían puras tonterías. Sin embargo, también me encontré con una antigua gerente de fondos privados de JPMorgan Chase & Co. en Nueva York, una mujer que no tenía nada que ver con familias dominicanas, y ella confirmó que este tipo de cuentas sí existían.

Cada vez que presionaba a Portorreal con una pregunta sensible sobre las herencias, daba rienda suelta nuevamente a una de sus historias rococó. En repetidas ocasiones contaba cómo en 1965, con tan solo 12 años, había luchado contra los estadounidenses durante su breve invasión del país. Desde entonces se consideraba un rebelde. También relataba que sus ancestros habían escrito el himno nacional de República Dominicana. Invocaba a Dios con frecuencia, Dios quien había permitido el regalo que significaba esta herencia para los Rosario.

Y bueno … también estaba Barrick Gold … siempre Barrick Gold. Descargaba toda su ira cuando despotricaba contra la perfidia de la compañía. Una vez profetizó que, si Barrick no llegaba a un acuerdo con los Rosario, habría una “catástrofe” en la mina: explotaría y personas morirían. En este punto exclamaba que llevarían el caso a las calles y que ninguna entidad extranjera volvería a invertir en República Dominicana. Portorreal sonaba grandioso, pero sobre todo mesiánico; aunque también sonaba evasivo. Si todo era un fraude, ¿cuál era el propósito? Según el acuerdo que tenía con los Rosario, él no obtendría su dinero hasta que ellos no obtuvieran el suyo. Además, ¿qué estafador pasaría la mayoría de sus horas laborales durante años con las personas a las que está engañando? Había ido a Cotuí muchas veces a liderar protestas y había entregado suministros médicos a los miembros de la familia. Parecía identificarse a un nivel muy profundo con los Rosario.

Finalmente, después de insistir durante semanas para acceder a alguna prueba, el asistente de medios de Portorreal me envió tres videos confidenciales que Portorreal había grabado dentro de la sede de Crédit Suisse en Zúrich. Me pidió mantener el secreto, en particular frente al banco. Los mandé a traducir y el tercer video—el del baúl—realmente parecía insinuar que Portorreal tenía algún tipo de relación con Crédit Suisse. A través del asistente pregunté a Portorreal si podría acompañarlo la próxima vez fuera a Europa a visitar a los banqueros; pensé que un viaje de éstos me permitiría realmente descubrir la verdad. La respuesta llegó unos días después: sí.

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Yo no era el único ávido de información, también lo estaban los Rosario y los Guzmán. Cuando Portorreal realizaba reuniones familiares ocasionalmente, hacía lo mismo que conmigo: dilatar y dilatar. Al no compartir información con sus clientes se otorgaba a sí mismo un enorme poder psicológico sobre ellos. Siempre estaban en la oscuridad, apostándole a un hombre carismático pero evasivo que aseguraba tener la llave que desbloquearía las cadenas de su tesoro. Volverse en contra de él significaría abandonar la misión.

Su fe era intensa y más que todo visible en el servicio de mensajería privada, WhatsApp, en donde tenían al menos ocho grupos dedicados a la búsqueda de la herencia. Estos grupos abundaban en rumor y chisme, pero más que todo representaban un lugar donde las familias podían expresar sus esperanzas y ansiedades. Algunas veces se desprendía de estos grupos una expectativa vertiginosa y, en otras, abatimiento. Sin embargo, nunca flaqueaban en la convicción de que la herencia existía.

Me invitaron a los grupos de WhatsApp a inicios de abril, unas semanas después de regresar del primer viaje a República Dominicana. El ánimo en ese momento limitaba con la euforia. El rumor era que el saldo de cuatro o cinco cuentas del Banco Santander pronto sería distribuido, posiblemente en la semana del 15 de abril. A modo de preparación, los Rosario empezaron a abrir cuentas en el banco estatal Banco de Reservas de la República Dominicana, o Banreservas. Los grupos de chat presentaban lo que parecían documentos de transferencias internacionales, y algunos miembros de la familia Rosario dijeron que habían recibido un PIN que supuestamente desbloquearía sus cuentas cuando llegara el momento. A medida que se acercaba la semana en cuestión, los familiares cargaban fotos de los automóviles y mansiones que codiciaban. En su página de Facebook, Peña—quien se identificaba con los Rosario—la describió como la semana más anticipada en la historia de la familia.

Por fin, llegó el 15 de abril. Durante cinco días de agonía hubo silencio total, cero noticias, cero movimiento, cero dinero. Sin embargo, a final de la mañana del 20 de abril, acompañado de los espectadores habituales, Portorreal recibió una llamada. Habló discretamente durante algunos minutos, luego colgó y sonrió de oreja a oreja. Cuando se calmaron en la sala, anunció que acababan de realizar la transferencia y que parte de la herencia ya estaba en República Dominicana. Todos los que estaban en la sala entendieron que Portorreal dijo que el dinero había sido depositado en el banco central, aunque no queda claro si realmente lo expresó así o no. En cualquier caso, se regó la información por WhatsApp.

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Brindis después de una conferencia de prensa con algunos herederos de la familia Rosario.FOTOGRAFÍA POR CHRISTOPHER GREGORY
Las personas bailaban en pleno delirio en la oficina de Portorreal y alababan al Señor; rotaron tragos de ron y cerveza. Portorreal tomó un trago de una botella de vino que había llenado con miel—pues la miel es del mismo color del oro de Jacinto del Rosario. A medida que las personas fuera de la oficina se enteraban de la noticia, también empezaban a celebrar, cantar y beber cerveza de botellas que aparecieron de la nada. Luego de unos minutos Portorreal pidió silencio a los presentes y empezó a hablar.

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Miembros de la familia Rosario celebrando la noticia de que los bancos habían liberado el dinero. Luego se descubrió que la noticia era falsa.FOTOGRAFÍA POR CHRISTOPHER GREGORY
“Las guerras se dan por oro”, dijo. “No conozco otra actividad más importante que el hombre haya realizado en su vida que no sea la búsqueda u obtención de oro”.

Observaba cómo se desarrollaba todo esto vía WhatsApp, siguiendo de cerca las cadenas de videos y audios. A mi pesar, me envolví en el momento. Con la duda latente sobre dicha distribución, regresé a Santo Domingo.

No hubo ninguna distribución. El lunes 23 de abril, algunos miembros de la familia dijeron que tantos Rosario habían intentado abrir cuentas que Banreservas había rechazado a algunos (un portavoz del banco niega esta afirmación). El martes, el grupo de WhatsApp estaba enardecido con rumores sobre dos agentes de la policía que habían llegado a la oficina de Portorreal y lo habían llevado al banco central (un incidente que luego confirmó que jamás sucedió). El miércoles publicó un video en el que indirectamente reconocía que no sabía si los fondos estaban en el país y también decía que sin él no había dinero.

Para ese entonces la historia ya había atraído a los medios. El jueves, rodeado de periodistas, Portorreal dio una conferencia de prensa en su oficina. Cuando le preguntaron dónde estaba el dinero, admitió que no sabía. Sin embargo, pronto lo descubriría; él y su equipo viajarían a España y Suiza para entregar una última ronda de documentos. Comentó que irían a seis o siete bancos y que tendrían reuniones para obtener mayor información. Aseguró que al momento que contaran con información sobre los pagos, los primeros en saber al respecto serían los Rosario. Los familiares vitorearon con entusiasmo.

El viernes, el banco central emitió un comunicado de prensa en el que negaba que la institución hubiera recibido los depósitos, explicando a la vez que éste no era el rol de un banco central y culpando a personas inescrupulosas y malintencionadas del falso mensaje. Unos días después, Portorreal, sus asistentes y algunos miembros clave de la familia viajaron a Madrid.

Antes de unirme a ellos, almorcé con Chito y su esposa, Isabel, quien me contó algo que no sabía. Era una Rosario y había entregado documentos genealógicos a Portorreal relativos a ella y 13 de sus parientes. En conjunto les habían cobrado 5.000 pesos dominicanos (cerca de US$100) para la entrega de poder notarial a Portorreal y cada uno pagó 500 pesos adicionales en cargos por los contratos que le cedían el 30 por ciento. El total, para los 14, fue de 12.000 pesos dominicanos, o US$238, cifra muy cercana al promedio del salario mínimo mensual del país.

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De repente, todo comenzaba a cobrar sentido.

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Peña era uno de los que viajó con Portorreal. Para el momento del viaje, ya llevaba un mes en República Dominicana y había sido nombrado “coordinador de EE.UU.” para los Guzmán, lo que significaba que debía convencer a familiares de rebuscar documentos genealógicos y convertirse en clientes de Portorreal. Aunque se supone que los coordinadores reciben una paga, él aún no había visto un centavo.

Peña estaba desempleado y su relación con Jessie era extremadamente tensa. Era la única proveedora de la familia y no ganaba lo suficiente para pagar las facturas y además el alquiler. Los hermanos de Peña también estaban furiosos porque había convencido a su madre de entregarle su tarjeta de crédito para financiar el viaje.

Aun así, cuando lo vi en Europa, no podría haber estado más feliz. La herencia se había convertido en su vida, le llenaba de propósito, algo que nunca había sentido con sus trabajos de repartidor. En España se quedó en Burgos, aproximadamente tres horas al norte de Madrid, con dos de los inversionistas de Portorreal, un hermano y una hermana emprendedores. En su página de Facebook, Peña publicó fotos del grupo en la cima de una montaña española cubierta de nieve. En Suiza, se reunió con Celeste Trummer, la intermediaria de Portorreal con Crédit Suisse. Publicó en Facebook fotografías de todos dando un paseo en bote por el Lago de Zúrich. Algunas veces, durante la cena, escuchaba a Portorreal y los demás hablar sobre los preparativos para la distribución. Peña luego me contó que Portorreal había dicho que quería recaudar US$500.000 para un recinto seguro y chalecos antibalas—entre otras cosas—porque sentía que su oficina corría riesgo mientras el proceso estaba en curso.

Como siempre, Portorreal parecía feliz de verme y—también como siempre—continuaba alejándome de cualquier persona que pudiera darme detalles sobre su proyecto. Tenía contemplado entrevistar a los inversionistas de España, a Trummer en Suiza y a otras personas en Santo Domingo. No pude hablar con ninguno. Tampoco conocí a ninguno de los banqueros, aunque por una razón diferente. Hasta donde pude darme cuenta, Portorreal no tuvo ni una sola reunión en el tiempo que estuvo allá. La única vez que supe con toda certeza que había ingresado a un banco fue cuando él y Trummer entregaron los documentos en Crédit Suisse—supuestamente los últimos que se necesitaban para certificar que los Rosario eran los herederos legítimos de la fortuna de Jacinto. El banco habló con Trummer y le dijo que la contactarían en un mes y darían una respuesta.

El grupo regresó a casa. En un mensaje de audio que publicó poco después, Portorreal garantizaba a la familia que el dinero estaría pronto en sus manos, que el momento había llegado.

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